Balompié Calvo

Mi papá, estoy seguro, habría llorado

El gringo era fanático del equipo que llevaba en su corazón, y no estoy redundando porque muchos llevan a algún club en su corazón pero no son enfermos, no se enloquecen si no ven o escuchan sus partidos, no atan su estado de ánimo de la semana de acuerdo a lo que ocurra con el resultado del domingo.

Yo lo conocía muy bien, quizás no lo conocía en todos sus estamentos, tal vez no conocía cómo pensaba en muchas cosas, a lo mejor yo no sabía cómo iba a actuar después de algún acontecimiento. Pero si de algo estoy seguro, es de cómo veía, sentía y pensaba el fútbol, el fútbol que le corría en las venas, esa locura que me inculcó y que, cuando quiso apartarme de esa vorágine, se le hizo tarde.

Lo que ocurrió en la cancha del equipo que ama contra Vélez, tal vez lo hubiera hecho llorar, como quizás no le hubiese movido nada. Pero no le hubiese movido nada sólo porque él pasó por muchas cosas estando en la tribuna, así como vio a sus colores ascender de categoría también los vio penar en otras divisionales, vio invasiones de campo de juego, se fue en moto de una provincia a otra: el tipo se fue a Chaco con un amigo suyo a ver un partido de Nacional B, una locura que muy pocos se atreven.

Así como creí que pudo no haber llorado por lo que hizo un puñado de delincuentes que viven de extorsionar y perturbar a todo lo que circunda a su escudo -escudo que dicen amar, seguir y defender-, también creo que le pudieron haber caído varias lágrimas al ver cómo dañaban al equipo que estaba en su mente y su corazón, al ver cómo lastimaban el deporte que más disfrutaba y que más lo apasionaba.

Puedo insistir en que no habría llorado porque de tantos años que siguió a sus colores ya estaba curado de espanto: él padeció a dirigentes corruptos que intentaron poner sus apellidos por encima de un bien social como lo es un club de fútbol que no sólo mueve a las masas, sino que también transmite y despierta sentimientos, que puede alegrar de la misma manera que puede entristecer a una ciudad pero que de uno u otro modo siempre te provoca estarle encima y crearte dependencia.

Muchas veces me dijo que estaba cansado de la mafia que habían convertido el balompié, que le habían sacado las ganas de ir a la cancha, que desde un momento dado su visión había empezado a merodear sobre la idea de que todo estaba arreglado, que siempre ganaban los mismos. No tenía problemas del corazón pero tampoco era tan loco para ir a llenarse de rabia en vano. Sin embargo, como quien no quiere la cosa, me preguntaba cuánto estaba la entrada y me pedía que se la comprara. Como quien no quiere la cosa, para no decir que se hacía el boludo, terminaba yendo a la cancha.

El problema no es que existan estos muchachos, siempre existieron, siempre estuvo la barra en cada cancha del fútbol argentino, el problema es que ahora -véase este “ahora” en sentido figurado porque llevan un par de décadas extorsionando- hacen negocios con la pasión de muchos. El problema no fue que los muchachos hayan tirado bombas, siempre se tiraron bombas de estruendo en los distintos estadios del balompié criollo.

De hecho, él, su hermano y su amigo, siempre cuentan la anécdota en que el “loco Larry” llevó a la cancha una bomba que no tenía mecha y como no iba a poder prenderla, la tiró al otro lado de la tribuna por pedido expreso del Agustín. Los escalones al ser de tablones, permitían ver la calle y en eso, un tipo que estaba al lado de ellos, le pidió a otro que estaba afuera que se la alcanzara. La prendió -no sé cómo- y le explotó en la mano. Esa tarde la tribuna reventaba de gente, imposible hacer lugar para que lo sacaran de ahí caminando, así que lo bajaron haciendo un ‘pasamanos’ por encima de todas las cabezas y mi abuelo que le había pedido al Larry que no la encendiera, lo empezó a re cagar a pedos:

-¿Qué hiciste, Gabriel? ¡¡Te dije que la tiraras a la mierda, qué te re parió!!

-Pero no, Don Pelletti, le juro que yo no tengo nada que ver, yo la tiré del otro lado.

Un hecho que refuerza la afirmación de que las bombas de estruendo siempre formaron parte de una hinchada, como así también los bombos y las banderas. Pero yo, por lo menos, nunca había presenciado semejante aberración de que tiraron cuatro bombas al campo de juego directamente para suspenderlo, donde el o los que las tiraron no tengan real noción de que podía dañar a un tipo que sólo juega a la pelota y que tiene una familia que sostener.

Más allá de esto, retomo con que mi papá habría llorado. Habría llorado por verme del lado que nunca imaginó pero que siempre tuvo que soportarme cuando de pendejo jugaba al Fifa en la computadora, relataba y comentaba los partidos que jugaba. Cuando quise dejar mis estudios de ingeniería para pasarme al periodismo tuvimos un cortocircuito porque, al igual que muchos padres, decía que no iba a llegar, que me iba a cagar de hambre y que sólo unos pocos tienen el privilegio de estar en los medios.

El gringo se fumó un cigarrillo y volvió a mi pieza para decirme que averiguara cuándo empezaba la nueva carrera. Me hizo feliz. Con el tiempo lo vi más entusiasmado que yo, y no era que yo perdí el interés en el periodismo futbolero, a pesar del desaliento de algunos profesores que dejaban entrever que ocurriría lo que mi papá pensaba en un primer momento: que no iba a llegar o que me iba a cagar de hambre.

El sábado pasado ante Vélez Sarsfield tuve la inmensa satisfacción de estar por vez primera en una transmisión deportiva, en un medio que no es de los tres más grandes de Santa Fe, no es TyC Sports, no es ESPN, no obstante estuve ante el sueño de mi vida, del que él se había entusiasmado cuando comencé a estudiar y dar mis pequeños pasos.

Estuve comentando por vez primera un partido de fútbol, en un encuentro que disputaba el equipo del cual mi papá era fanático, el club de sus amores, un encuentro en el cual él tranquilamente pudo haber estado en la tribuna, saltando, cantando, puteando al árbitro, etcétera, etcétera, en fin, lo que hace cualquier hincha que paga su entrada para ver a sus colores.

Seguramente mi papá hubiera estado con la radio encendida, con un auricular en la oreja y llorando por haber permitido que su pibe, su hijo, el enfermo futbolero que él crió, haya cumplido su sueño. Pero también habría llorado porque un puñado de hijos del diablo arruinaron su primera vez.


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